sábado, 2 de abril de 2011

Como los zapatos en la playa...

Publicado en LA FURIA DEL PEZ


El Financiero, jueves 31 de marzo de 2011



prosa de Mariana Torres



La buena prosa arriba a nuestros sentidos como una caricia. Hay cierta tersura, cierto desparpajo, cierto arrojo que se apropia de nuestra voluntad. La buena prosa siempre es bienvenida. Como una buena noticia, como un vaso de agua refrescante. Queda un buen sabor de boca luego de leerla. Aunque por la naturaleza es indefinible, la identificamos. La hacemos nuestra. (Selección y palabras introductorias de Eusebio Ruvalcaba)



Los imprescindibles

Atadas a nosotros están siempre las historias que sostenemos con los imprescindibles. Presencias constantes en el camino de la vida. Estamos amarrados a ellos. Por lo que nos dieron, lo mucho que siempre nos importan. Insustituibles, fundamentales, nos negamos a perderlos. Tenemos con ellos complicidades, preguntas.
Poseen de nosotros la esencia más profunda. Llegan, se van, y traen consigo el mismo efecto. Tienen de nosotros una entrega única. Imposible de volver a ofrecer.
Los imprescindibles nunca se van del todo. Aún si al final de la historia no los volviéramos a encontrar. Acompañan siempre como una herida de guerra. Cicatriz de la batalla.
Llevamos a los imprescindibles con la sabiduría aprendida; están porque su lugar se queda vacío; dejan una ausencia a su medida.
Imprescindible vivirlos, poseerlos, dejarlos ir y quedarnos con ellos.
Los imprescindibles son inevitables.


Los prescindibles

Como los zapatos en la playa, como los remordimientos y la culpa, como la ropa en el deseo.
Los prescindibles son un exceso de equipaje en la colección de historias que nos construyen: son innecesarios, pero vienen con nosotros.
Caminan con discreción a nuestro lado. Ayudan a formarnos; nos fortalecen y preparan. Aunque no hay iluminación particular, tampoco destrucción. No hay obsesión ni sólido romanticismo. Sólo escala de grises en el cotidiano compartido.
Los prescindibles no se buscan, pero de alguna manera nos encuentran. Sus llegadas y partidas dejan heridas superficiales. Nos resulta más fácil dejarlos en libertad. Con ellos o en su ausencia continuamos el camino.
Nos llenamos de prescindibles hasta encontrar a quienes merecen el prefijo del contrario.


Los extemporáneos

Acuden al amor extemporáneo los impuntuales, como quien llega a una cita con el destino: por casualidad. No se buscan, porque el paso de la vida no los tiene en el momento adecuado, pero se encuentran, porque no hay quien huya a la vida.
Hay un tiempo en que los tiempos coinciden. Tanto, que los impuntuales lo construyen para cuando las ataduras sean menos y la sensatez suficiente.
Alguno tiene siempre de sobra el tiempo que le declaran al otro faltante, también lo que eufemísticamente llaman experiencia. El primero está dispuesto a darle su tiempo, y en suma, hacer uno mismo.
Cuando lo logran, no hace falta nada y no importan los dichos. Han aprendido a encontrarse el uno al otro: desde la espera y desde el retraso. Los impuntuales conocen el valor de cada minuto, saben que el tiempo dura sólo lo necesario y lo aprovechan, porque cuando el tiempo apremia, lo de menos es la duración.


Los inencontrables

No hay ejercicio más inútil que perseguir a un inencontrable.
Sumergidos en la dinámica de su propio mundo, tienen la ausencia de los genios.
Los inencontrables son dueños de su propio tiempo; no entienden ni atienden tecnologías. No saben cuándo se volvió necesaria la eterna disponibilidad. Hacen respetar su independencia elegida.
Ellos no buscan ni esperan ser encontrados, coinciden con sus compañeros. No nacieron para el acoso, prefieren los encuentros.
Los inencontrables, no necesitan llamados para acudir


Los clandestinos

Los rumores corren a la redonda. Suspicacias.

A los clandestinos les gusta la teatralidad de su lejanía, la charla indiferente. Viven del silencio, de la casualidad, de coincidencias planeadas.
No hay actos mínimos como tomarse de las manos, la entrega es completa en el momento preciso.
Los clandestinos tienen un mundo entre paredes para dejar de serlo.
Amantes de la discreción; saben la importancia de un susurro, de la peligrosidad de lo público.
Esclavos de ocultarse, adictos al secreto, no se han dado cuenta que la intimidad del cuerpo los delata


Los nocturnales

Comparten condición con los cantineros y las prostitutas. Los nocturnales comienzan su jornada cuando los demás suelen terminarla. Les reconfortan los silencios adormilados y los ruidos prohibidos. Para los nocturnales el fin del día existe para dedicarlo a los placeres.
La noche guarda la tranquilidad que el día laboral le quita; es la obscuridad seductora. Se ofrece con la invitación a probarla. Los nocturnales lo hicieron y no se sabe de nadie que haya regresado a la vida común.
Los nocturnales se liberan en la sombra; se permiten obsesiones, son irracionales y pasionales.
Portan una misma insignia: llevan la noche guardada debajo de los ojos.
No necesitan mayor iluminación que la del cielo. La luna es su amante más recurrente.
Hay una única certeza para los nocturnales: al final, siempre llega el amanecer.
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