miércoles, 2 de noviembre de 2011

Réquiem por Ana Laura

He buscado en todos los rincones de mi espacio fotografías tuyas o nuestras sin éxito, será que a los quince años pasa por la mente toda clase de eternidad (como creíamos del amor o de la amistad, ingenuidades), pero no la de la muerte.

Hice un recuento de mis muertos; ahí estaban mis hombres que están cada vez más presentes y a quienes me parezco en todo como otra contradicción de la vida adulta.

Luego apareciste tú. No te llamé. No te esperaba, pero apareciste en forma de canción, la razón por la que llevabas el nombre de Ana Laura. Recordé incluso que tu hermano mayor se llama Roberto Carlos.

La cantidad de horas que invertí pensando en cómo seríamos cuando nos convirtiéramos en mayores de edad, cómo serías tú después, cuando te casaras y tuvieras hijos. Esperaba un reencuentro en el camino, porque tú ibas a trabajar en la radio.

Hablé contigo antes, recorrimos el universo adolescente, los chavos, tus materias y ese concierto que te emocionaba.

Todavía no te creo ausente. El otro día soñé contigo y ahí estábamos, platicando sobre el avance de la vida de todas nosotras. ¿En donde estás ya viste que un buen número de nuestras compañeras son mamás? A mí me cuesta muchísimo creerlo.

Mientras escuchaba tu recuerdo, vino a mi mente una imagen muy clara y recurrente: contigo siempre me dolían las costillas porque tenías la facultad de doblarme de la risa. Particularmente, pienso en aquella vez que inventaste que me ahogaba, así la maestra no vería a su alumna querida escupir el chocolate sobre el bordado porque se burlaba de ella.

Posiblemente fuiste la primera en nombrarme por mi apellido y yo en ponerte un apodo. Nos conocimos desde las mayores frivolidades, hasta nuestras profundas diferencias de origen. No cambiaba nada.

Cuando me enteré de todo, decidí llevarte conmigo. Tu ausencia siempre es tema de largas conversaciones con mis papás, tus gustos musicales, la comida que te gustaba de mi mamá, y la risa. Siempre la risa, todas mis carcajadas son en parte tuyas. Provienen de ahí, donde me duelen las costillas y las comisuras de los labios se entumen; de donde uno llora para liberarse.

En el sitio de mis risas estás, Ana Laura.
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