miércoles, 19 de septiembre de 2012

Extrañar como un perro

Lo veo en sus ojos cuando reconoce el significado de una maleta, pero me parte el corazón cuando se sienta a esperar el abandono como un destino inevitable. En el fondo del pasillo, desde donde ve la puerta de la entrada, nos mira irnos, con la esperanza de vernos regresar en algún momento.

Por eso muy pocos entienden cuando hablo de extrañar como un perro. Con esa desolación de saberse en la orfandad, con la incertidumbre del tiempo que has de tardar.

Extrañar y sentir un hueco, como si alguien te hubiera quitado una cucharada de víscera y te dejara un espacio cóncavo, que le permite entrar al viento. Tan incómodo como una muela destapada.

Lo he visto pasar días enteros --con sus noches, claro está-- sentado en ese mismo pasillo, porque no quiere que el regreso --si lo hay-- lo tome por sorpresa. Espera y pernocta, espera sin comer ni beber agua, espera y no le interesan las vacaciones en ranchos con caballos y otros perros. Durante esas horas, vive para esperar.

Extraña con la misma intensidad el primer minuto y el último de la primera semana, hasta el previo a escucharnos llegar, a varios metros de distancia. Los libros dicen que no entiende el paso del tiempo, por eso puede aguardar de la misma manera por años y todos los días comenzar otra vez.

Todo lo que sé, se lo he aprendido a los perros; a extrañar, por ejemplo.



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