miércoles, 18 de febrero de 2015

24 años de lucidez

Me obsesiona la vejez. Por muchas razones, el misterio de si la alcanzaré, la curiosidad de saber el tipo de facturas que me cobrará este cuerpo (seguro el exceso de carne), cómo viviré la de mis papás. La idea de mi vejez me pone en contacto con la orfandad, y quizás es la razón por la que me obsesiona.


Trato de leer todo lo que puedo sobre su llegada porque no estoy segura de soportarlo cuando ocurra. No le daría a mis papás ninguno de los libros de Philip Roth sobre el tema, ni Diario de invierno de Auster, que reviso ahora.


He pensado que tal vez estuve demasiado cerca de los ancianos mientras crecía. Viví en un edificio de la Roma habitado por ancianos, cuando era una colonia de familias y no de nómadas. Recuerdo particularmente a tres inquilinos.


Los señores Barragán: el señor tenía las orejas más grandes que haya visto (este recuerdo está trastocado por las dimensiones propias de la infancia). Era un hombre sumamente agradable que a la pregunta “¿cómo está?”, invariablemente respondía “algunas veces mal y otras peor”. También está en mi mente que cuando le cuestionabas sobre algún dolor, decía: “es buen síntoma que duela, porque significa que todavía está ahí”. Su esposa estaba enferma del corazón de una gravedad en que no podía ni bajar las escaleras del departamento; sin embargo, él murió primero.


Los señores Ochoa: un matrimonio con diferencia de edades; ella vivía entregada a él, de quien sólo tengo el vago recuerdo de una silla de ruedas. Ella practicaba una religión sin maquillaje y faldas largas, pero cuando murió “el señor Ochoa”, como todos nos referíamos a su marido, se convirtió en una mujer de párpados azules y labios rojos, incluso la acompañaba un perfume que picaba por todo el pasillo del edificio varios minutos después de desplazarse.


El “señor Raúl y su mamá”: un hombre divorciado que regresó al seno materno. No recuerdo sus apellidos, ni el nombre de pila de la madre, sólo que hablaba entrecortado, muy bajito, casi inentendible, y que nos regalaba botellas de refresco de dos litros con agua bendita. No salía de su departamento sin su inseparable bolsa plástica tejida con alguna planta. Caminaba balanceándose como campana. 


Por otra parte, está mi abuelo y sus amigos, una extensión de la familia. Ya he escrito de ellos. Pero Sergio tenía madre y la conocí: Veve. Decía que el tiempo hace caricaturas y todavía no he conocido a quien se salve del vaticinio. Ella misma, ya era una mujer sencilla, tras la soberbia de su juventud y belleza. Veve premiaba la franqueza y a mí me divertía cuando esa honestidad era imprudente. Con Veve enterramos la congruencia.


Vi la película Still Alice con Julianne Moore, a mi abuela también le dio alzheimer a los 50 años y me he planteado la necesidad de hacerme algún tipo de examen genético, por si sólo me quedaran 24 años de lucidez. Si escribiera una novela algún día, 24 años de lucidez sería un gran título.
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