viernes, 4 de marzo de 2016

De la pareja primigenia o el patrimonio


No sabía cómo llamarlos hasta que Philip Roth me lo mostró: patrimonio.

Son todo lo que tengo y los cimientos de lo que soy. Nos construimos solos, juntos, y hoy somos suficientes.

La sala de espera de un hospital me mostró la vida: no hay más familia que nosotros tres, y para cuando ellos no estén, me tocará mostrar de lo que me hicieron.



No les escribo mensajes de amor en las redes sociales ni ostento que son los mejores, pero los que nos conocen saben que reímos hasta privarnos, que hablamos con honestidad, que lloramos y nos damos fortaleza, que nos decimos verdades incómodas y las decimos a los demás sin anestesia.


Tuve suerte: son abiertos, comprensivos, generosos, divertidos, inteligentes y carismáticos. También aprensivos, celosos de su deber, y de carácter explosivo. Un caldo de cultivo para la naturaleza del hijo único. Son el mejor remedio para el mal humor y mi aterrizaje forzoso.

También son los mejores cocineros y me han enseñado a disfrutar los placeres de la vida (propios e impúdicos).
No sé si se conjugó una creencia, superstición u obra de la casualidad para que me tocaran a mí, pero no hubiera pedido mejor opción.

La doctora y el arqui; Edith y Gus; los Torres. La (mi) pareja primigenia.
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