martes, 31 de agosto de 2010

Gente misteriosa

Tengo una fascinación por el hermetismo y la reserva. Lo escribo casi como un pensamiento para mí. Basta con que me digan dónde no debo estar, que las cosas sean un poco más complicadas, para querer meterme ahí. Husmeo siempre donde no debo. Gusto de explorar en lo árido. Hago las preguntas imprudentes (lo más diplomático posible).

“Soy una persona de retos”, dirían para justificarse los sobrados. Yo digo que soy, ante todo, una chismosa. Mi mamá siempre cuenta divertida la anécdota en casa de mi favorita de Las Morales:
Cuenta la doctora, que me encontraba en un silencio sospechoso, cuando me fue a buscar y ya había estado realizando mi labor favorita: hurgar. El infortunado espacio cuya intimidad violé fue el buró de la innombrable tía, encontré un vibrador y lo encendí. ¿Cómo supe de dónde? Yo no recuerdo nada, igualito que los políticos. Como si el sonido de aquel tío dijera su nombre, mi tía apareció pretextando un artículo para “masajear el cuello” (¿del útero? Hubiera agregado ahora mi irreverencia).
Ciertamente no había razón para que yo estuviera revisando los cajones de mi tía, pero estaban cerrados y esa para mí, es suficiente para sentir la compulsión de abrirlo. Igual me sucede con la otredad, ahí donde están los discretos, los que hablan poco de su vida, está siempre mi mayor interés. Prometo que es involuntario, es totalmente irracional. No pienso de ninguna forma que mi misión en la vida sea “desnudar almas” ni enseñar a nadie a nada…

Es un impulso encontrar la manera de acercarme hasta conocer lo posible. Me gusta sorprenderme, desentrañar los misterios. Celia Shoijet me dijo un día con su acento polaco que en los ojos se me hacía un brillo especial de “investigado[grg]a”. Es mi mayor placer “meter hilo para sacar hebra”, dice mi abuela; a la par que sentencia, “otra vez te sales con la tuya”.

Pero algo he aprendido en el camino: yo no obligo a nadie a que me cuente nada ni abro los cajones sin permiso.

“Vivir es preguntar, quizá es para eso que vivimos”, leí en El profesor del deseo de Philip Roth y me sonó a sentencia de vida.

2 comentarios:

Thalia R. Uribe dijo...

:D hahahahahaha morí de risa con lo de: un masajeador de cuello ¿del útero?....
que buen post.

Mariana Torres dijo...

Gracias, Thalía. Muchos saludos. Nos leemos

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